En diciembre de 2016 me despidieron de mi trabajo.
Trabajaba en una empresa petrolera en Bogotá, Colombia. Tras la fuerte caída de los precios internacionales del petróleo, que se había intensificado durante 2015, la industria atravesaba una situación complicada y muchas empresas se vieron obligadas a reducir personal.
En nuestra empresa llevábamos meses viviendo con la incertidumbre de los llamados viernes negros, esos días en los que anunciaban nuevos despidos.
Hasta que finalmente me tocó a mí.
Era Navidad y llevaba aproximadamente dos años intentando aprender a convivir con un diagnóstico que todavía me costaba aceptar: fibromialgia.
Recuerdo perfectamente la sensación de incertidumbre.
Me había quedado sin trabajo y no sabía qué iba a hacer.
Pero lo que en aquel momento parecía otra dificultad más en mi vida terminó convirtiéndose en uno de los puntos de inflexión más importantes de mi proceso de recuperación.
Porque perder aquel trabajo me obligó, por primera vez en mucho tiempo, a bajar el ritmo.
Y eso era algo que llevaba años necesitando, aunque todavía no lo comprendía.
Para entender por qué fue tan importante, tengo que contarte un poco de dónde venía.
Durante años había vivido en un estado de estrés y ansiedad prácticamente permanente.
Había migrado de Venezuela a Colombia y mi permanencia legal en el país dependía inicialmente de una visa de trabajo.
Además, trabajaba en un ambiente laboral muy difícil, bajo la dirección de una persona que había sido una de mis mejores amigas.
Imagínate lo que significaba descubrir que alguien a quien querías profundamente se había convertido también en una de las principales fuentes de sufrimiento de tu vida.
A eso se sumaron relaciones sentimentales complicadas, situaciones personales dolorosas y la presión de intentar adaptarme a un país que todavía estaba aprendiendo a sentir como mi hogar.
Yo seguía funcionando.
Trabajaba, salía, hacía ejercicio, socializaba.
Pero emocionalmente estaba acumulando muchísimo.
Era como una olla de presión.
Y mi cuerpo comenzó a manifestar síntomas que cada vez me resultaban más difíciles de manejar.
Dolores por todas partes.
Rigidez muscular.
Brazos y manos que se me dormían.
Cansancio.
Y algo que emocionalmente me golpeaba incluso más que el dolor: la pérdida de mi vitalidad.
Yo siempre había sido una mujer muy activa.
Me encantaba hacer mil cosas, aprovechar el día, moverme, hacer deporte, salir a la montaña.
Y de repente sentía que mi cuerpo ya no podía seguirme el ritmo.
Recuerdo que decía:
«Tengo 35 años y parece que tuviera 95. ¿Qué mierda es esta?»
Sentía que la vida se me estaba escapando.
Y cuando recibí el diagnóstico de fibromialgia, lejos de sentir alivio, mi primera reacción fue resistirme.
No quería hablar de aquello.
No quería que me miraran con lástima.
Y muchísimo menos quería aceptar que mi vida pudiera quedar definida por una enfermedad que ni siquiera terminaba de comprender.
Así que hice lo que en ese momento creía que tenía que hacer.
Buscar una solución. La que fuera.
Y cuando digo la que fuera, no estoy exagerando.
Tenía una frase que repetía constantemente a mis amigos.
Les decía que, si alguien me aseguraba que pasar una madrugada desnuda, amarrada de cabeza a un poste de luz, soportando los tres grados de frío de Bogotá, iba a hacer que amaneciera sana…
¡Yo lo hacía!
Así de desesperada estaba por sentirme bien.
Probé muchísimas cosas.
Fisioterapia, especialistas, terapias complementarias, cambios de alimentación, suplementos y diferentes herramientas para gestionar el dolor y la ansiedad.
Algunas me ayudaban muchísimo.
Otras me proporcionaban alivio temporal.
Y muchas veces no sabía identificar exactamente qué estaba funcionando.
Solo sabía que quería continuar buscando.
Con los años llegué a hacer un cálculo aproximado de cuánto había invertido en mi salud durante aquel período.
Alrededor de 30.000 dólares en unos cinco años.
Entre seguro médico privado, consultas, especialistas, fisioterapia, nutrición, terapias complementarias y otros recursos que fui incorporando.
Y quiero aclararte algo.
No me arrepiento de esa inversión.
Porque gracias a muchas de aquellas experiencias también aprendí muchísimo sobre mi organismo, conocí profesionales que fueron fundamentales y descubrí herramientas que sigo valorando hoy.
Pero había algo que me frustraba profundamente.
Sentía que mi bienestar dependía constantemente de alguien más.
Si tenía una crisis, necesitaba encontrar a mi fisioterapeuta.
Si estaba agotada, buscaba alguna terapia que me ayudara a recuperar energía.
Si aparecía un síntoma nuevo, volvía a investigar qué podía hacer.
Y muchas veces terminaba preguntándome:
«¿Voy a tener que vivir toda mi vida dependiendo de alguien para sentirme bien?»
Con el tiempo comprendí que una de mis mayores dificultades no era simplemente la falta de opciones.
Era no saber cómo conectar todo lo que estaba aprendiendo para participar de una manera más consciente y autónoma en mi bienestar.
Y eso comenzó a cambiar con cinco decisiones.
No ocurrieron todas al mismo tiempo.
No fueron fáciles.
Tampoco constituyen una fórmula universal para conseguir la remisión.
Pero cambiaron mi manera de vivir, de relacionarme con mi cuerpo y de comprender el papel que podía tener en mi propio cuidado.
Desde que mi médica confirmó mi remisión en 2020, he seguido aplicando y adaptando muchos de aquellos aprendizajes a mi vida.
Y hoy quiero compartirlos contigo.
1️⃣ Dejé de obligarme a vivir como si nada hubiera cambiado y empecé a respetar el ritmo de mi cuerpo
Durante mucho tiempo pensé que aceptar ciertas limitaciones significaba rendirme.
Así que intentaba mantener exactamente la misma vida que tenía antes de la fibromialgia.
Seguía haciendo yoga, spinning, bicicleta, senderismo y prácticamente cualquier actividad que me gustara.
Incluso recuerdo haber recorrido Yosemite National Park caminando durante horas.
¿Que después terminaba completamente agotada?
Bueno, ya me recuperaría.
¿Que me dolía todo el cuerpo?
Había que seguir adelante.
Mi diálogo interno era algo como:
«Dale, Yill, tú puedes. No dejes que esto te detenga».
Y aunque la intención era mantenerme activa, con el tiempo comprendí que también estaba confundiendo la fortaleza con la sobreexigencia.
Porque muchas veces no estaba escuchando lo que necesitaba mi cuerpo.
Estaba intentando demostrarle que todavía podía hacer todo lo que hacía antes.
Hasta que llegó diciembre de 2016.
Me quedé sin trabajo.
Y recuerdo que una antigua jefa me dijo algo muy sencillo:
«Descansa. Disfruta tu Navidad y hablamos en enero».
Por primera vez decidí hacerlo.
Sin sentir que tenía que aprovechar cada minuto.
Sin levantarme tan temprano.
Sin correr de una actividad a otra.
Sin exigirme cumplir todas mis rutinas.
Empecé a vivir a mi ritmo.
Y quiero aclarar algo: no dejé de moverme.
Simplemente comencé a adaptar el movimiento a lo que podía hacer en ese momento.
En lugar de pagar varias actividades deportivas a las que muchas veces ni siquiera podía asistir por el dolor, empecé a hacer rutinas más cortas en casa.
Me levantaba con más calma.
Desayunaba sin correr.
Caminaba.
Descansaba cuando lo necesitaba.
Y poco a poco empecé a notar cambios.
Tenía más energía.
Me sentía menos hinchada.
Mis síntomas comenzaron a resultar más manejables.
Incluso perdí alrededor de diez kilos en menos de dos meses, sin haber comenzado una dieta para adelgazar.
No puedo afirmar que todos aquellos cambios fueran consecuencia de una única cosa. Mi situación personal y mis hábitos estaban cambiando simultáneamente.
Pero sí recuerdo perfectamente lo que significó para mí experimentar aquella mejoría.
Por primera vez empecé a comprender que bajar el ritmo no significaba dejar de avanzar.
Significaba aprender a avanzar de una manera que mi cuerpo pudiera acompañar.
Y eso cambió mi manera de entender el movimiento, el descanso y mis propios límites.
Lo que cambió en mi manera de cuidarme
| Antes | Después |
|---|---|
| Intentaba mantener todas mis actividades, aunque terminara agotada. | Comencé a adaptar la duración y la intensidad de mis actividades. |
| Descansar me hacía sentir que estaba perdiendo el tiempo. | Empecé a reconocer el descanso como una necesidad legítima. |
| Medía mi capacidad por todo lo que conseguía hacer. | Comencé a prestar atención también a cómo me sentía durante y después. |
| Pensaba que ser fuerte significaba resistir. | Aprendí que cuidarme también implicaba reconocer mis límites. |
Y quizás algo parecido te está ocurriendo.
Tal vez sigues intentando funcionar como antes del diagnóstico.
O quizás has vivido lo contrario: después de una experiencia dolorosa, tienes miedo de volver a moverte porque temes empeorar.
En ambos casos, aprender a identificar tus capacidades actuales puede ayudarte a encontrar formas más adecuadas de participar en tus actividades.
Porque no se trata de exigirte siempre más ni de hacer siempre menos. Se trata de aprender a reconocer qué es apropiado para ti en cada momento.
2️⃣ Dejé de pelear con mi diagnóstico y comprendí que aceptar no era resignarme
Cuando me diagnosticaron fibromialgia, una de las primeras cosas que hice fue buscar información.
Y aquella experiencia fue bastante aterradora.
Recuerdo entrar en Google, leer sobre la enfermedad y después buscar grupos de personas con fibromialgia en redes sociales.
Yo quería encontrar respuestas.
Quería comprender qué me estaba pasando.
Pero muchas veces encontraba historias llenas de sufrimiento, desesperanza y miedo.
Y yo ya estaba sufriendo suficiente.
No quería imaginar que mi vida necesariamente tenía que convertirse en aquello.
Por eso durante mucho tiempo mantuve una relación complicada con el diagnóstico.
Lo tenía, pero no quería identificarme con él.
Incluso evitaba hablar de la fibromialgia con algunas personas porque no quería sentir que me miraban como alguien que ya no podría disfrutar su vida.
Pero resistirme a aceptar lo que estaba viviendo tampoco cambiaba mis síntomas.
Seguía teniendo dolor.
Seguía agotándome.
Y seguía intentando sostener una vida que necesitaba adaptar.
Hasta que empecé a comprender algo que cambió profundamente mi mentalidad.
Aceptar mi condición no significaba resignarme a vivir de una determinada manera para siempre.
Significaba reconocer mi situación actual para poder tomar decisiones más conscientes.
Dejé de preguntarme únicamente:
«¿Por qué me está pasando esto?»
Y comencé a hacerme preguntas diferentes.
«¿Qué necesito hoy?»
«¿Qué cosas me están ayudando?»
«¿Qué puedo cambiar?»
«¿Qué está dentro de mis posibilidades?»
También comencé a prestar mucha más atención a mis emociones.
Porque había observado que, en mi experiencia, los períodos de mayor estrés, ansiedad y sufrimiento emocional podían coincidir con un empeoramiento de mis síntomas.
Eso no significaba que mis emociones fueran la única causa de la fibromialgia.
Ni que pudiera hacer desaparecer el dolor simplemente pensando en positivo.
Significaba que mi bienestar emocional también merecía atención.
Empecé a poner límites.
A tomar distancia de relaciones que me estaban haciendo daño.
A reconocer situaciones que me generaban un desgaste innecesario.
Y a incorporar prácticas que me ayudaban a encontrar mayor tranquilidad.
La psicología, el yoga, la meditación y otras herramientas de gestión emocional comenzaron a tener un significado diferente para mí.
Ya no eran simplemente actividades que supuestamente tenía que hacer.
Empecé a comprender para qué las utilizaba y qué aportaban a mi bienestar.
También dejé de buscar una positividad obligatoria.
Porque no se trata de estar feliz todo el tiempo.
Hay días difíciles.
Hay frustración.
Hay tristeza.
Y sentir esas emociones no significa que estés haciendo algo mal.
Para mí, la diferencia estuvo en aprender a reconocer lo que sentía sin permitir que el miedo dirigiera todas mis decisiones.
Con el tiempo empecé a utilizar una frase que todavía representa muchísimo mi manera de pensar:
«Aceptar no es resignarse».
Porque puedes aceptar que hoy necesitas descansar más.
Puedes aceptar que hay cosas que todavía no puedes hacer.
Puedes aceptar que tu cuerpo necesita atención y cuidados diferentes.
Y al mismo tiempo conservar el deseo de recuperar actividades, disfrutar tu vida y construir una relación más amable contigo misma.
Ambas cosas pueden coexistir.
Lo que cambió en mi mentalidad
| Antes | Después |
|---|---|
| Rechazaba hablar de mi diagnóstico porque sentía que me definía. | Aprendí a reconocer mi condición sin convertirla en toda mi identidad. |
| Intentaba demostrar que nada había cambiado. | Comencé a reconocer qué necesitaba adaptar. |
| Me enfocaba en recuperar a la mujer que era antes. | Empecé a cuidar a la mujer que era en ese momento. |
| Buscaba evitar cualquier emoción incómoda. | Comencé a aprender herramientas para reconocer y gestionar mejor mis emociones. |
Y quiero que comprendas algo.
No necesitas negar lo que estás viviendo para conservar la esperanza.
Tampoco tienes que convertirte en una mujer permanentemente positiva.
Puedes reconocer que estás atravesando algo difícil y, aun así, decidir seguir buscando maneras de mejorar tu calidad de vida.
3️⃣ Dejé de buscar soluciones aisladas y empecé a comprender mi bienestar de manera integral
Durante mis primeros años con fibromialgia probé muchísimas herramientas.
Y varias de ellas me proporcionaban alivio.
Recuerdo especialmente la terapia neural, la fisioterapia y otras intervenciones que utilizaba durante algunas crisis.
Pero había algo que me frustraba.
Podía salir de una sesión sintiéndome muchísimo mejor y, días después, volver a experimentar síntomas.
Era como si necesitara estar buscando constantemente la siguiente herramienta.
Y aunque valoraba profundamente la ayuda de los profesionales, me costaba comprender cómo integrar todo aquello en mi vida.
Hasta que comencé a conectar varias piezas.
Una de las primeras bases importantes de mi recuperación vino de la médica que me diagnosticó.
Ella trabajaba con un equipo multidisciplinario y me incorporó a un programa de atención para la fibromialgia.
Durante aproximadamente tres meses recibí orientación y seguimiento de diferentes profesionales.
Fisioterapia.
Terapia ocupacional.
Psicología.
Psiquiatría.
Nutrición.
Y seguimiento médico.
Aquella experiencia me permitió conocer diferentes maneras de abordar mis síntomas.
Pero con el tiempo comprendí algo más profundo.
No tenía sentido prestar atención a una sola dimensión de mi bienestar mientras descuidaba todas las demás.
Podía cuidar muchísimo mi alimentación y, al mismo tiempo, seguir sometiéndome a un estrés emocional enorme.
Podía hacer ejercicio, pero exigirme tanto que después terminaba completamente agotada.
Podía dedicar tiempo a relajarme y luego volver a situaciones personales que me generaban mucha ansiedad.
Empecé a reconocer que necesitaba considerar mi bienestar de una manera más amplia.
Mi alimentación.
Mi descanso.
Mi movimiento.
Mis emociones.
Mis relaciones.
Mis rutinas.
Mi manera de exigirme.
Y también la atención médica que necesitaba.
No porque cada uno de esos factores tuviera la misma influencia sobre mi fibromialgia, sino porque todos formaban parte de mi experiencia cotidiana y merecían ser atendidos según mis necesidades.
Fue durante aquellos años cuando decidí estudiar y certificarme como coach en hábitos saludables.
Y hay algo que quiero contarte.
No comencé a estudiar coaching porque quisiera dedicarme a enseñarles a otras personas.
Lo hice principalmente por mí.
Quería entender mejor mi organismo.
Comprender la alimentación.
Conocer diferentes enfoques nutricionales.
Aprender sobre los hábitos, el descanso, los ritmos circadianos y las diferencias individuales.
Quería comprender por qué algo podía resultarme útil en una etapa y necesitar ajustes en otra.
Y, sobre todo, quería dejar de hacer cosas únicamente porque alguien me había dicho que eran buenas.
Quería entender por qué las hacía.
Porque cuando comprendía mejor el propósito de una herramienta, me resultaba más fácil integrarla conscientemente en mi vida.
Y creo que aquí también influyó mucho mi manera de ser.
Soy diseñadora de profesión y llevo años trabajando en branding, construyendo identidades, creando lineamientos y buscando que todas las piezas de un proyecto tengan sentido entre sí.
Me gusta observar, analizar, encontrar conexiones y entender cómo funciona algo antes de organizarlo.
Y sin darme cuenta, empecé a llevar esa misma manera de pensar a mi propio bienestar.
Comencé a hacerme preguntas más conscientes.
¿Qué estaba haciendo los días en que me sentía mejor? ¿Qué había cambiado cuando aparecía una crisis? ¿Cómo había dormido? ¿Qué estaba viviendo emocionalmente? ¿Me había exigido demasiado?
No siempre encontraba una respuesta clara. Y aprendí que no todo síntoma tiene un detonante que podamos identificar fácilmente.
Pero hacerme esas preguntas me ayudaba a observar mi situación con más atención, reconocer posibles patrones y tener conversaciones más informadas con mis profesionales de salud.
Antes de cambiar otra cosa, necesitaba comprender mejor qué estaba pasando conmigo.
Y esa forma de observarme comenzó a darme algo que había echado muchísimo de menos durante los primeros años: una mayor sensación de dirección.
Eso también transformó mi relación con la alimentación.
Durante años experimenté con diferentes maneras de comer.
Hubo etapas en las que seguí una alimentación principalmente vegetal.
Otras en las que incorporé nuevamente más alimentos.
Aprendí a reconocer preferencias, tolerancias y hábitos que me resultaban más cómodos.
Y comprendí algo importante:
No quería pasar el resto de mi vida siguiendo reglas rígidas que no pudiera adaptar.
Quería aprender a alimentarme de una manera que pudiera sostener, teniendo en cuenta mis necesidades y la orientación profesional.
Lo mismo empezó a ocurrir con el movimiento y el descanso.
Dejé de pensar únicamente en actividades independientes y empecé a observar cómo encajaban unas con otras.
Y también comprendí que cuidar mis relaciones, mis límites y mi bienestar emocional formaba parte de esa visión más amplia.
Pero observar y comprender era solamente una parte.
Después venía otra pregunta importante:
¿Y ahora cómo organizo todo esto para que forme parte de mi vida sin terminar abrumada?
Porque podía tener muchísima información sobre alimentación, descanso, movimiento y gestión emocional, pero intentar aplicarlo todo al mismo tiempo también podía convertirse en otra fuente de exigencia.
Entonces empecé a ordenar mis prioridades.
A comprender que cada área de mi bienestar tenía su lugar, pero que no todas necesitaban la misma atención ni la misma intensidad todos los días.
Había momentos en los que necesitaba descansar más.
Otros en los que podía moverme con mayor facilidad.
Y otros en los que cuidar mi entorno emocional era especialmente importante.
Ya no se trataba de acumular hábitos saludables, sino de aprender a integrarlos de una manera que pudiera sostener.
Y esa diferencia, que parece tan sencilla, terminó convirtiéndose en uno de los aprendizajes más importantes de mi recorrido.
Lo que cambió en mi manera de abordar el bienestar
| Antes | Después |
|---|---|
| Buscaba una nueva herramienta cada vez que aparecía un problema. | Comencé a observar mi situación de manera más amplia. |
| Seguía recomendaciones sin comprender siempre su propósito. | Empecé a investigar, preguntar y comprender mejor cada decisión. |
| Pensaba en alimentación, ejercicio y emociones como temas separados. | Aprendí a integrarlos dentro de mis hábitos cotidianos. |
| Intentaba hacer muchas cosas correctamente. | Comencé a buscar maneras de hacerlas sostenibles y adaptadas a mi realidad. |
Y quizás aquí te reconozcas.
Tal vez sabes que necesitas descansar mejor.
Sabes que el movimiento adecuado puede ser beneficioso.
Has escuchado hablar de la importancia de gestionar el estrés.
Incluso has probado diferentes formas de alimentación o prácticas de relajación.
Pero conocer todas esas herramientas no significa necesariamente saber cómo integrarlas.
Y cuando tienes dolor, fatiga o niebla mental, intentar cambiar demasiadas cosas al mismo tiempo puede resultar especialmente agotador.
Por eso, para mí, tener una visión integral nunca debería significar exigirte hacerlo todo a la vez.
Significa aprender a reconocer tus necesidades y establecer prioridades.
Porque cuidar tu bienestar de manera integral también significa comprender que no todo necesita cambiar al mismo tiempo.
4️⃣ Dejé de depender exclusivamente de otros para encontrar alivio y empecé a desarrollar mis propias herramientas
Hubo una experiencia que transformó profundamente mi relación con la fisioterapia.
Ocurrió cuando conocí a Marcela.
Hasta entonces estaba acostumbrada a recibir tratamientos de fisioterapia convencionales.
Si tenía dolor, acudía a una sesión.
Me aplicaban las técnicas correspondientes y, dependiendo de la situación, podía experimentar alivio.
Pero durante algunas crisis me frustraba tener que esperar una cita para recibir ayuda.
Fue entonces cuando Marcela me presentó la liberación miofascial.
Y lo que más me sorprendió no fue solamente la técnica.
Fue su manera de enseñármela.
Recuerdo que comencé a darme cuenta de que no estaba intentando que dependiera permanentemente de sus sesiones.
Estaba enseñándome herramientas que podía aprender a utilizar por mi cuenta.
Con objetos sencillos.
Algunos que incluso tenía en casa.
Recursos que podía incorporar a mi rutina siguiendo sus indicaciones.
Y aquello me pareció increíble.
Pensaba:
«¿Cómo es posible que no hubiera descubierto esto antes?»
Por primera vez sentía que una fisioterapeuta no solamente me estaba ayudando durante la consulta.
Me estaba enseñando a participar de manera más activa en mi propio cuidado.
Y eso era exactamente lo que llevaba años buscando.
Con el tiempo, algunas de aquellas técnicas se convirtieron en recursos que podía utilizar cuando identificaba ciertas molestias, siempre dentro de lo que había aprendido con ella.
Pero sucedió algo más.
Me pareció tan valioso que otras personas pudieran conocer esas herramientas que le propuse a Marcela crear un taller online.
Para entonces ya tenía mi cuenta de Instagram sobre fibromialgia y había empezado a conectar con mujeres que estaban buscando respuestas y herramientas prácticas.
Así que le dije que quería compartir aquello con ellas.
Marcela aceptó.
Y creamos nuestro primer taller de liberación miofascial.
Comenzamos impartiendo sesiones en vivo, trabajando distintas zonas del cuerpo.
Marcela enseñaba las técnicas y yo participaba realizando las demostraciones.
Después algunas participantes comenzaron a preguntarnos si podían acceder a las grabaciones para volver a practicar.
Y decidimos grabar nuevamente las clases y convertirlas en un curso práctico.
Aquella fue una de mis primeras experiencias creando recursos educativos para ayudar a otras personas a cuidar mejor de sí mismas.
Y me enseñó algo que hoy considero fundamental.
Una cosa es que alguien haga algo por ti. Otra muy diferente es que te enseñe a desarrollar herramientas que puedas utilizar con mayor autonomía.
Pero con el tiempo también empecé a observar otra dificultad.
Algunas personas aprendían las técnicas, las practicaban durante un tiempo y después dejaban de utilizarlas.
Y no necesariamente porque las herramientas no les hubieran servido.
A veces aparecían dificultades para mantener la rutina.
Otras veces cambiaban sus síntomas.
La fatiga, las responsabilidades cotidianas o la falta de orientación podían hacer que resultara difícil sostener lo aprendido.
Y empecé a comprender que entregar una herramienta era solamente una parte del trabajo.
También era importante ayudar a las personas a comprender cuándo, cómo y en qué circunstancias podían incorporarla a su vida.
Con esa intención fui organizando otras experiencias educativas.
Conversatorios íntimos con profesionales de psicología, fisioterapia y nutrición.
Espacios en los que podíamos profundizar en diferentes aspectos del bienestar.
Y también comencé a acompañar individualmente a algunas mujeres con fibromialgia mediante coaching en hábitos saludables.
Con el tiempo, todo aquello reforzó una idea que había comenzado a tomar forma durante mi propia recuperación:
No siempre necesitamos acumular más herramientas. A veces necesitamos aprender a utilizar mejor las que ya tenemos, reconocer cuándo necesitamos orientación y encontrar formas realistas de sostenerlas.
Lo que cambió en mi relación con las herramientas
| Antes | Después |
|---|---|
| Esperaba a que un profesional pudiera ayudarme con determinadas molestias. | Aprendí recursos específicos que podía utilizar en casa cuando eran adecuados para mí. |
| Mi participación se concentraba principalmente en recibir una terapia. | Comencé a desarrollar habilidades de autocuidado con orientación profesional. |
| Acumulaba diferentes técnicas y recomendaciones. | Empecé a prestar más atención a cómo integrarlas en mi vida. |
| Pensaba principalmente en conseguir alivio en ese momento. | Comencé a valorar también el aprendizaje y la autonomía que podía desarrollar. |
Y quiero hacerte una pregunta.
¿Cuántas herramientas has aprendido durante estos años que hoy casi no utilizas?
Quizás tienes ejercicios recomendados por tu fisioterapeuta.
Alguna práctica de respiración.
Una rutina de movimiento adaptado.
Una herramienta de organización del descanso.
O alguna estrategia que en determinado momento te ayudó.
Puede que no necesites aprender inmediatamente otra cosa nueva.
Quizás primero te convenga revisar qué recursos ya conoces, cuáles siguen siendo adecuados para ti y cuáles necesitas adaptar.
5️⃣ Cuestioné la idea de medicarme indefinidamente, sin cerrarme a los tratamientos médicos cuando los necesitaba
Hay algo que quiero contarte porque forma parte importante de mi historia.
Siempre he sentido una conexión muy fuerte con los hábitos saludables y con diferentes enfoques naturales de bienestar.
Pero eso nunca significó que estuviera en contra de la medicina convencional.
Lo que me generaba mucha resistencia era pensar que tendría que depender de determinados medicamentos durante el resto de mi vida.
Cuando recibí el diagnóstico de fibromialgia, mi médica me propuso un tratamiento farmacológico.
Y recuerdo que mi reacción fue bastante radical.
No quería imaginarme tomando varios medicamentos indefinidamente.
Me preocupaban los posibles efectos secundarios y quería conocer otras opciones.
Así que decidí conversar con mi médica sobre diferentes alternativas, al mismo tiempo que participaba en el programa multidisciplinario que ella había organizado.
No fue un camino libre de dificultades.
Seguí teniendo síntomas, necesitando atención profesional y buscando maneras de sentirme mejor.
Pero también continué investigando.
Y algo comenzó a llamarme la atención.
Cuando compartía mi experiencia en redes sociales, conocía personas con fibromialgia que también tenían otras condiciones de salud.
Algunas presentaban problemas que yo nunca había experimentado.
Otras describían síntomas parecidos a los míos, pero tenían diagnósticos diferentes.
Eso me hizo comprender que no todas las personas que viven con fibromialgia tienen exactamente la misma historia clínica.
Y que, además de atender los síntomas, era importante continuar investigando cualquier otra condición que pudiera requerir atención.
En mi caso, uno de esos descubrimientos fue la enfermedad de Lyme.
Había comenzado a conocer experiencias de personas diagnosticadas con borreliosis, una infección causada por bacterias del género Borrelia.
Y recordé mis años viajando, acampando y visitando zonas rurales de Venezuela, donde había estado expuesta a ambientes con garrapatas.
Decidí conversar sobre aquello con mi médica.
Después de un proceso de consultas e investigación, finalmente pude realizarme las pruebas correspondientes.
A finales de 2018 recibí un resultado positivo de Borrelia.
Recuerdo que para mi mamá aquello fue motivo de muchísimo miedo.
Pero yo experimenté una sensación muy diferente.
Sentí alivio.
Porque después de años intentando comprender qué estaba ocurriendo en mi organismo, finalmente tenía una infección identificada que requería un tratamiento específico.
Mi médica me remitió a un infectólogo.
Recuerdo llegar a aquella consulta y contarle toda mi historia.
Los años de fibromialgia.
Mis hábitos.
Las terapias que había probado.
Los cambios que había conseguido.
Y mi preferencia por evitar medicamentos innecesarios o tratamientos prolongados cuando existieran alternativas adecuadas.
El especialista me escuchó y me explicó el tratamiento que consideraba indicado para la infección.
Era un antibiótico durante aproximadamente dos semanas.
Y decidí aceptarlo.
¿Por qué?
Porque comprendí que, en esa situación, necesitaba un tratamiento dirigido a una infección bacteriana confirmada.
No sentí que estaba traicionando mi manera de cuidar mi salud.
Estaba tomando una decisión médica informada para una necesidad concreta.
Comencé el tratamiento a principios de 2019.
Y recuerdo que, durante las semanas y meses posteriores, empecé a experimentar cambios muy significativos.
Tenía más energía.
Me despertaba con menos rigidez.
Dejé de experimentar algunos de los dolores que habían formado parte de mi vida durante años.
Recuerdo levantarme una mañana y darme cuenta de que podía moverme sin aquella sensación de tener el cuerpo completamente oxidado.
Era increíble.
Continué con los controles del infectólogo y con el seguimiento de la médica que me había diagnosticado fibromialgia.
Y después de un período prolongado sin mis anteriores crisis de dolor crónico, llegó una noticia que jamás había imaginado recibir.
Fue a principios de 2020, antes de que comenzara la pandemia.
Mi médica me dijo que estaba en remisión de fibromialgia.
Y recuerdo que le pregunté:
«Doctora, ¿qué significa remisión?»
Porque ni siquiera era una palabra que yo estuviera esperando escuchar.
Durante años había buscado sentirme mejor.
Tener menos dolor.
Recuperar mi energía.
Volver a disfrutar mi vida.
Pero no sabía que algún día llegaría a ese momento.
Y allí estaba.
Mi médica me estaba comunicando que, después de observar mi evolución y el tiempo que llevaba sin síntomas crónicos, consideraba que había entrado en remisión.
Fue profundamente emocionante.
Quiero ser muy cuidadosa con algo de esta historia.
La infección por Borrelia fue confirmada y recibió un tratamiento médico específico. La mejoría que experimenté después fue real, pero mi experiencia no demuestra que la enfermedad de Lyme sea la causa de la fibromialgia en todas las personas, ni que tratar una infección produzca necesariamente su remisión.
Cada situación clínica requiere su propia evaluación.
Y tampoco significa que los medicamentos prolongados sean siempre perjudiciales o que los enfoques naturales estén libres de riesgos.
Lo que aprendí fue la importancia de participar activamente en mis decisiones de salud, sin cerrarme a la ayuda profesional que necesitaba.
Porque cuidar de mí no era elegir entre medicina convencional o natural.
Era comprender mejor mi situación, hacer preguntas, valorar opciones y trabajar con los profesionales adecuados.
Lo que cambió en mi manera de tomar decisiones
| Antes | Después |
|---|---|
| Me angustiaba imaginar que tendría que utilizar determinados medicamentos indefinidamente. | Aprendí a preguntar por sus beneficios, riesgos, duración y alternativas. |
| Buscaba muchas respuestas por mi cuenta. | Continué investigando, pero llevando mis dudas a los profesionales correspondientes. |
| Quería encontrar una solución que resolviera todo. | Comprendí la importancia de identificar necesidades y condiciones específicas. |
| Me enfocaba principalmente en aliviar síntomas. | Aprendí a participar de forma más informada en mi cuidado y seguimiento médico. |
Y aquí quiero compartirte algo.
No todas las respuestas están dentro de un libro.
Ni en un suplemento.
Ni en una rutina de ejercicio.
Ni en una técnica de relajación.
Y tampoco todo tiene que resolverse con una única intervención médica.
A veces lo que necesitas es comprender mejor tu situación y reconocer qué tipo de ayuda corresponde buscar en cada momento.
Ahora la pregunta es: ¿cuál es tu siguiente paso para empezar a vivir con más alivio y dirección?
Estas cinco decisiones cambiaron profundamente mi manera de abordar la fibromialgia.
Pero hay algo muy importante que no quiero que saques de este artículo.
No necesitas hacer exactamente lo mismo que hice yo.
No necesitas seguir mis mismas rutinas.
No necesitas comer lo mismo que comía.
No necesitas probar todas las herramientas que conocí durante aquellos años.
Y muchísimo menos necesitas asumir que mi historia clínica será igual a la tuya.
Porque cada persona es diferente.
Y algo que aprendí durante mi formación, mi recuperación y mi experiencia acompañando a otras mujeres es que no existe un único recorrido que funcione de la misma manera para todas.
Quizás hoy tu mayor dificultad es la fatiga.
Quizás es el dolor.
O quizás llevas tanto tiempo intentando encontrar soluciones que estás emocionalmente agotada y ya no sabes por dónde empezar.
Puede que conozcas muchas de las herramientas que mencioné.
Tal vez ya has probado yoga.
Has ido a fisioterapia.
Has intentado mejorar tu alimentación.
Sabes que necesitas cuidar tu descanso.
Incluso has asistido a terapia psicológica o has aprendido estrategias para gestionar tus emociones.
Y, aun así, sientes que te cuesta integrar todo aquello en tu vida.
Porque una cosa es conocer lo que podría ayudarte y otra muy diferente es aprender a incorporarlo de manera progresiva, consciente y sostenible.
Yo tardé años en comprender muchas de estas cosas.
Y durante ese camino tuve la oportunidad de aprender de médicos, fisioterapeutas, psicólogos, nutricionistas y otros profesionales.
También estudié coaching en hábitos saludables, investigué, experimenté, adapté mis rutinas y fui descubriendo qué me resultaba útil.
No me arrepiento de aquel recorrido.
Forma parte de quien soy hoy.
Pero si hay algo que muchas veces pensé que me habría gustado tener, era alguien que me acompañara a conectar todas aquellas piezas.
Alguien que me ayudara a organizar lo que estaba aprendiendo.
Que me orientara cuando no sabía por dónde comenzar.
Que me recordara que no necesitaba hacerlo todo perfectamente.
Y que me ayudara a desarrollar herramientas para continuar avanzando por mi cuenta.
Porque después de mi remisión también tuve que aprender algo nuevo.
Cómo sostener mi bienestar cuando el dolor ya no era la alarma que me recordaba constantemente que tenía que cuidarme.
En 2021 volví a migrar, esta vez a España.
Cambiaron mis horarios.
Mis rutinas.
Mi alimentación.
Mi entorno.
Y tuve que volver a adaptarme.
Ya no tenía sentido seguir exactamente las mismas pautas que había utilizado años atrás.
Necesitaba escucharme nuevamente.
Comprender que mi cuerpo cambiaba y que mis hábitos podían evolucionar conmigo.
También decidí hacer una pausa en algunos proyectos personales para concentrarme en mi bienestar y adaptarme a mi nueva vida.
Porque había aprendido algo que no quería olvidar.
Cuidar de mí también era parte de cuidar de los demás.
No quería volver a construir una vida basada en la sobreexigencia.
Ni siquiera si esa exigencia venía de algo tan bonito como querer ayudar a otras personas.
Y fue precisamente desde esa reflexión que comenzó a tomar más forma el proyecto que hoy quiero compartir contigo.
De compartir herramientas por separado a crear un camino de acompañamiento
Durante años había compartido mi experiencia a través de Instagram.
Había creado un taller práctico de liberación miofascial junto a Marcela.
Había organizado conversatorios con especialistas.
Había acompañado individualmente a mujeres que querían mejorar sus hábitos.
Y durante la pandemia, después de recibir la noticia de mi remisión, escribí mi libro testimonial:
«Cómo me curé combatiendo la fibromialgia de forma 99% natural», que publiqué en Amazon.
Lo concebí como un libro testimonial y práctico, pensando especialmente en las personas que conviven con dolor, fatiga y niebla mental.
Porque sabía, por mi propia experiencia, lo difícil que podía resultar concentrarse o leer durante mucho tiempo cuando los síntomas estaban presentes.
Quería compartir mi historia y los aprendizajes más importantes de una manera sencilla, accesible y con herramientas que pudieran servir de inspiración para otras personas.
Y recuerdo que incluso entonces mencionaba mi deseo de crear algún día un curso online en el que pudiera profundizar más.
Pero con el tiempo comprendí que no quería limitarme a crear otro curso lleno de información.
Quería ofrecer el tipo de acompañamiento que me habría gustado tener durante mi propio proceso.
Uno que reuniera los aprendizajes de diferentes áreas del bienestar.
Que ayudara a trabajar la mentalidad y la relación con el cuerpo.
Que facilitara la integración de hábitos.
Que proporcionara herramientas prácticas.
Que permitiera avanzar progresivamente, considerando la energía y las circunstancias de cada mujer.
Y que tuviera algo que considero fundamental:
Una dirección.
Porque mi intención no es que dependas de mí para siempre.
Es ayudarte a desarrollar conocimientos, recursos y mayor confianza para participar activamente en tu propio bienestar.
Y que puedas seguir construyendo tu camino mucho después de que terminemos de trabajar juntas.
Eso es precisamente lo que hacemos dentro de Cuerpo en Calma: Alivio con Dirección
Durante 16 semanas de acompañamiento, quiero ayudarte a recorrer, de manera progresiva y adaptada a tus circunstancias, muchos de los aprendizajes que acabas de conocer a través de mi historia.
No para que repitas mi experiencia.
Sino para que aprendas a construir la tuya.
Y si te fijas, hay dos aprendizajes que estuvieron presentes durante gran parte de mi recuperación.
Primero, aprender a comprenderme antes de intentar cambiarlo todo.
Y después, aprender a organizar e integrar lo que necesitaba para cuidar mi bienestar de una manera más consciente y sostenible.
Con los años, esas dos ideas terminaron convirtiéndose en las bases de la metodología que hoy comparto dentro de Cuerpo en Calma.
La primera es el Autodiagnóstico Consciente: El Poder Está en Ti.
No significa diagnosticarte enfermedades por tu cuenta, sino aprender a observar tus síntomas, tu energía, tus hábitos, tus emociones y tu capacidad funcional para reconocer posibles patrones y establecer prioridades.
La segunda es el Reordenamiento Sistémico VIDA, donde trabajamos progresivamente cuatro áreas de tu bienestar: Vitalidad, Integración, Detox y Acción.
Y cuando hablo de Detox, no me refiero a limpiezas milagrosas, sino a revisar hábitos, alimentación, entorno y factores cotidianos que pueden estar afectando tu bienestar, siempre desde un enfoque responsable.
Durante 16 semanas te acompaño a trabajar estas dos bases, con herramientas prácticas, educación y seguimiento, para que puedas construir una rutina adaptada a tus necesidades, tu energía y tu realidad.
Porque no quiero que simplemente conozcas más herramientas. Quiero ayudarte a comprender cuáles pueden tener sentido para ti, cómo incorporarlas y cómo seguir utilizándolas con mayor autonomía.
El programa reúne recursos educativos, prácticas, herramientas y espacios de acompañamiento, con la participación de especialistas en áreas complementarias.
Tendrás una estructura para comenzar a trabajar tu relación con la fibromialgia, comprender mejor tus necesidades y aprender a incorporar herramientas de autocuidado de manera progresiva.
Y algo muy importante para mí:
No necesitas llegar sabiendo hacerlo todo.
Tampoco necesitas tener días perfectos.
Quiero que encuentres un espacio donde puedas aprender, hacer preguntas, comprender mejor tu cuerpo y avanzar respetando tus posibilidades.
Sin convertir tu bienestar en otra lista interminable de obligaciones.
Porque no soy perfecta.
Soy humana.
Y sé que la vida no es lineal.
Tenemos días buenos y días difíciles.
Lo importante es aprender a transitarlos con mayor conciencia, empatía y herramientas.
Cuerpo en Calma es un programa educativo y de acompañamiento en hábitos de bienestar. No sustituye el diagnóstico, los tratamientos ni el seguimiento de los profesionales sanitarios, y no puede garantizar la remisión de la fibromialgia.
Lo que quiero ofrecerte es algo que considero profundamente valioso: un camino para aprender a cuidarte con más claridad, acompañamiento y dirección.
Para que conozcas lo que otras mujeres ya han experimentado al aprender conmigo
A lo largo de estos años he tenido la oportunidad de compartir herramientas, conocimientos y experiencias con mujeres que, como tú, estaban buscando maneras de mejorar su bienestar.
Tu camino no tiene que ser igual al mío. Pero tampoco tienes que descubrirlo todo por tu cuenta.
Durante años aprendí que cuidar de mí no significaba dejar de vivir.
Significaba comprender mejor mis necesidades y encontrar maneras de seguir avanzando sin dejarme a mí misma atrás.
Y hoy quiero compartir contigo esos aprendizajes desde un lugar diferente.
Desde la calma.
Sin exigirte perfección.
Sin prometerte soluciones milagrosas.
Y sin olvidar que detrás de cada diagnóstico hay una mujer con su propia historia, sus circunstancias, sus sueños y sus ganas de recuperar calidad de vida.
Si quieres que te acompañe a construir ese camino, las puertas de Cuerpo en Calma están abiertas para ti.
Bienvenida a casa. 🩷











